CUERPO 9000+999 DIBUJOS / María Dolores Aguilera
CUERPO 9000+999 DIBUJOS.
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Según Georges Bataille, "la sexualidad y la muerte son tan sólo los momentos agudos de la fiesta que la naturaleza celebra con la multitud inagotable de los seres: ambas poseen el sentido del derroche ilimitado que dispensa la naturaleza, en contra del deseo de perdurar propio de cada ser."
CUERPO 9000+999 DIBUJOS esboza un infinito.
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Hace eco el proceder de María Dolores Aguilera a la noción del eterno retorno definida por Nietzsche: "La renovación perpetua presupone que la fuerza se desarrolle a partir de sí misma por libre decisión, que posea no sólo la intención sino los medios para evitar cualquier repetición, cualquier recaída en una forma antigua, y por lo tanto, que pueda en cada instante controlar cada uno de sus movimientos para eludir esa repetición -o incluso que sea incapaz de retornar a la misma posición."
Extracto de "El cuerpo a trazos", Fabien DANESI, 2008.
Mirar un dibujo, una pintura, un grabado o una fotografía puede ser de hecho un acto bastante delicado, pues tendemos a hacer que coincida lo que vemos con lo que conocemos. Es lo normal.
El problema radica en que hoy "conocemos" muchas cosas, esto es, hemos "visto" muchas cosas y el mecanismo se vuelve entonces más complicado.
Estos protoconceptos visuales ("lo que sabemos") son útiles en muchos casos ya que nos guían hacia una categoría como un atajo hacia lo esencial; en el caso de Dolores Aguilera, por el contrario, pueden perturbar de manera radical la aproximación a la obra.
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Tratándose de María Dolores Aguilera, el problema resulta más arduo pues el título de su trabajo, Cuerpo 9000+999 dibujos es esotérico y atañe a un conjunto de dibujos que dado el número no es posible ver en su totalidad.
Cuando se le pide que abrevie al máximo la descripción del conjunto, dice que son 9000 dibujos del cuerpo humano, hechos con carboncillo y en papel, en tres formatos diferentes y en una década de años.
María Dolores olvida precisar que son cuerpos desnudos y, para ser más concretos, "porciones" de cuerpo. Los miembros no son visibles, la cabeza tampoco; solamente distinguimos un abdomen y un bajo vientre, aunque en ocasiones se reconoce la parte superior de los muslos, un tórax o un atisbo de hombro.
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La noción temporal reviste particular importancia en el trabajo de María Dolores Aguilera, pues existe una patente voluntad de cambio permanente de un dibujo a otro, inscrita en una percepción a la vez retencional e inmediata, con una discontinuidad deliberada para que no se cree un efecto de serie. Ningún dibujo sucede a otro, principio y fin no existen.
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Pero lo cierto es que se trata de representaciones dibujadas de cuerpos desnudos, y antes incluso de tratar de comprender el rechazo de la artista a tal propuesta, será necesario acercar lo que vemos a lo que sabemos.
Lo cual parece contradecir mi aserto inicial, pero compréndase que debe hacerse la comparación por cuanto existe forzosamente una correspondencia entre el acto de María Dolores Aguilera y lo que sabemos de las representaciones de "desnudos", nada banales en la historia del arte.
Además, de la pintura a la fotografía pasando por la intención artística y el suceso de actualidad, María Dolores ha mirado, recolectado, clasificado todo género de cuerpos desnudos. Conviene tenerlo en cuenta.
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Pensándolo bien, en este acto de creación encuentro yo, a la vez por el tema, los medios y el número, cierta analogía con el Golem de la leyenda judía. Este ser modelado con barro (Adama, Adam) había sido animado mediante el texto sagrado que llevaba escrito en la frente, y para matarlo bastaba borrar la primera letra de la palabra "verdad". Suprimiendo este álef, la verdad se tornaba muerte y el Golem volvía a la arcilla.
Ese cuerpo que María Dolores ha creado sin cesar (9000 veces+999 próximas veces) fue modelado con las manos, frotando el papel con los dedos para dar forma a la carne (el gris). Para animarlo y darle vida, la artista ha "escrito" alrededor de esa carne con líneas negras como sendos signos caligráficos. Las marcas de carbón no están fijadas, como si el autor quisiera conservar la posibilidad de hacerlas desaparecer y destruir así el cuerpo representado.
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Esta desmedida ambición de crear lo humano más que mostrarlo es patente en María Dolores Aguilera y adivino en ella una naturaleza afín a la vez a Ignacio de Loyola y al samurai japonés.
El primero quiso apresar el mundo e incluirlo íntegro en su doctrina sin que corresponda a la doctrina adaptarse al mundo, el otro, en el Shodo o el Kendo (el pincel o el sable), buscó la eficacia del cuerpo entero, el gesto perfecto hasta el final: la imposibilidad de arrepentirse...
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Veamos ahora en los dibujos de María Dolores cómo ese trazo, realizado con un solo gesto, posee la flexibilidad de una caligrafía y el propósito certero de un verbo: vivaz cuando afirma un costado sólido, tembloroso a veces para sugerir la curvatura de una cadera. En sentido propio y figurado, ese trazo contiene todos los elementos del Ser, y María Dolores Aguilera nos lo dice con fuerza: son cuerpos, Cuerpo.
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¿Qué es lo que ha querido crear entonces? ¿Esbozar cierta humanidad exenta de razón del mismo modo que el Golem precedía a Adam, o bien concebir otra humanidad como la veía Zaratustra: "el que está despierto dice: soy un cuerpo entero y nada más"?
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En los dibujos de María Dolores Aguilera el estado intermediario no depende de lo que se muestra en el dibujo, pues de hecho nada vemos y el academicismo no viene al caso. En efecto, la artista no ha querido mostrar una anatomía que desde hace mucho tiempo ha dejado de ocultarse en arte y en ningún caso se trata de intención erótica o de oquedad pornográfica como en ciertos dibujos de Picasso. Fuera, pues, el acto sexual aunque todo parezca equilibrarse alrededor de la masa negra, identificada como el órgano en cuestión.
Por eso, del gris (la carne) crecen llamas o humo, se propaga como líquido o vibra con vida orgánica, evitando o deformando los trazos de carboncillo que parecen agitarse, retorcerse, fluir, ir y venir, apareciendo y desapareciendo de un dibujo a otro. A veces la mano del creador surge de repente y pone fin a la danza con un amplio movimiento oblongo que borra la carne.
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María Dolores Aguilera nos muestra la humanidad sin de verdad decirnos cuál es la función de la misma. El único indicio es que todo va y vuelve al cuerpo en una infinidad de diversidades idénticas y diferentes, a la vez y no sucesivamente. Cada dibujo contiene por lo tanto "todo" y como cada uno es igualmente diferente, nos hallamos ante una paradoja filosófica o bien un reto místico. A fin de cuentas, quizá sea ésta la solución al problema que plantean los dibujos de María Dolores Aguilera.
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Extracto de "A propósito de CUERPO999+999DIBUJOS", Max TORREGROSSA, 2008.
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